El amor de Jesús por los pecadores: San Mateo

(Fiesta de San Mateo, fin de retiro de jóvenes). Al finalizar este retiro, podemos decir que aquí estamos los pecadores. No somos los santos, los justos, los perfectos. En estos días hemos visto que tenemos un montón de cosas que corregir en nuestra vida, para ser lo que Dios quiere, para cumplir su voluntad y para ser más libres.

El Evangelio de hoy nos muestra algo muy hermoso: Jesús no solamente nos aguanta. Jesús nos ama.

Nosotros a veces “aguantamos” a alguien que nos cae mal, a alguien que no es como nosotros, a alguien que nos ha hecho algo. Lo soportamos esperando que llegue el momento en que ya no tengamos que soportarlo más: porque se va esa persona, porque nos vamos nosotros o porque cambia la situación. Jesús no es así con nosotros.

A pesar de que, por nuestros pecados, podríamos decir que le hemos hecho la vida imposible; a pesar de que tantas veces le hemos dicho con nuestros actos: «Señor, todo lo que hiciste en la Cruz, tu Pasión, tu sufrimiento, ahora no me importa», Él no nos responde: «Bueno, chau, no te veo más». Tampoco dice: «Está bien, quédate acá; te voy a aguantar porque no me queda otra». Dice justamente lo contrario: «Porque me rechazas, voy a buscarte. Porque eres pecador, he venido por ti».

1. No vino a soportar a Mateo, vino a amarlo

Mateo era publicano. Recaudaba impuestos para los romanos, para el invasor. Era alguien del mismo pueblo que trabajaba para el poder extranjero. Imagínense cómo lo miraban los demás: era considerado un traidor.

Y precisamente a ése Jesús lo mira y le dice: «Sígueme» (Mt 9,9). No lo llamó para soportarlo, sino para amarlo. Mateo se levantó y lo siguió.

Eso tenemos que descubrir también nosotros en Jesús. Él ha venido por mí, pero no solamente por esa parte buena de mí, por esa parte linda que todos conocen, que parece ordenada y que agrada a los demás. Ha venido también por esa parte fea que tengo, por eso que tal vez nadie conoce, por lo que aparece cuando estoy muy molesto, por esa zona oscura, medio podrida, que uno descubre dentro del alma.

Ha venido precisamente por eso: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos… No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,12-13).

2. Jesús quiere sentarse a tu mesa

Y después pasa algo todavía más hermoso. Cuando tú quieres mucho a alguien, cuando es familia, cuando es un amigo de verdad, lo invitas a comer a tu casa. Y comer juntos no significa solamente alimentarse. Uno conversa, pasa un rato, descansa, comparte la vida.

Pues Jesús no solamente llamó a Mateo. Fue a comer a su casa. ¿Cómo puede ser que Jesús quiera entrar en la casa de alguien que antes lo había rechazado tanto? Porque lo ama.

Y podemos pensar hoy: Jesús quiere comer contigo. Quiere compartir la vida contigo. Pero con nosotros hace todavía más, porque no solamente quiere que vayamos a su mesa: Él mismo se nos da como comida.

Eso sucede en cada Misa. Estamos acá como somos: pecadores, débiles, habiendo conocido un poco más nuestros defectos durante estos días. Pero Jesús ya los conocía desde siempre. Y conociéndolos mejor que nosotros, nos amó y se entregó.

3. ¿Cuál es la medida de Cristo?

San Pablo dice hoy a los Efesios: «A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7). Y un poco después dice que debemos llegar «al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

Podemos quedarnos con esta imagen: ¿cuál es la medida de Cristo? Miremos un crucifijo. La medida de Cristo son esos brazos abiertos; la medida de su amor es la Cruz.

Dios nos ha dado a cada uno una gracia y también permite en nuestra vida ciertas cruces, podríamos decir, a nuestra medida. Crucecitas que nos hacen esforzarnos, sacrificarnos, salir de nosotros mismos y esperar en Dios. Mediante ellas nuestro amor puede ir creciendo hasta parecerse al suyo.

Cuando somos capaces de sacrificarnos por los demás, cuando dejamos de pensar solamente en nosotros, cuando hacemos algo que cuesta por amor, ahí estamos creciendo de verdad hacia la medida de Cristo. En cambio, si vivimos encerrados en nosotros mismos, la medida de nuestro amor termina siendo muy pequeña: yo, mis gustos, mis planes, mis heridas, mis cosas. Cristo tiene otra medida: los brazos abiertos de la Cruz. Ésa es la medida de su don.

Pidámosle entonces al Señor, como gracia final de este retiro, que nos ayude primero a comprender su amor: que, aun siendo pecadores, Él nos busca, nos llama y quiere sentarse a nuestra mesa.

Y que después nos enseñe a crecer poco a poco en la medida de ese amor, aceptando esas cruces concretas que nos ayudan a salir de nosotros mismos, sacrificándonos un poco más por los demás y aprendiendo a amar como Él, hasta que nuestra vida se vaya pareciendo cada vez más a Cristo en la Cruz, con los brazos bien abiertos.

Ave María Purísima.


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