Eso es lo que debemos preguntarnos en el día de Nuestra Señora de los Dolores. Nuestra Señora de los Dolores es Nuestra Señora de la Soledad, Nuestra Señora de la noche oscura, Nuestra Señora del llanto.
Es nuestra Madre. Y la pregunta es muy concreta: ¿estamos consolando a nuestra Madre?
En el Evangelio hay un versículo sobre el que podemos detenernos hoy. Simeón le dice a María: «Y a ti misma una espada te traspasará el alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,35).
«A fin de que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones».
Es decir, esa espada que atraviesa el alma de nuestra Madre tiene que hacer que también nuestro corazón salga a la luz; que se manifiesten aquellos afectos que todavía no dejan que la Pasión de su Hijo dé todo su fruto en nosotros.
1. ¿Está teniendo fruto en mí el dolor de María?
Podemos preguntarnos de otra manera: ¿el dolor de nuestra Madre está teniendo sentido en mi vida?
¿Está saliendo a la luz lo que realmente llevo en el corazón? ¿Me estoy dando cuenta de los afectos desordenados que tengo?
Todos los tenemos. La cuestión es si los estamos viendo.
¿Valió la pena para mí todo ese sufrimiento de María?
Por eso hoy conviene intentar descubrir nuestros afectos y ser sinceros con ellos. Y, cuando los descubramos, tratar de ordenarlos. De esa manera vamos consolando a nuestra Madre.
El P. Carlos Vallés, en Saber escoger, hablando del discernimiento, tiene un capítulo sobre las «medias tintas». Y recoge esta pregunta: ¿hay alguna parte de tu vida que todavía rehúsas entregar a Dios? Quizá una pasión, una enemistad, algún deseo, una ambición, incluso la propia razón.
Ahí está muchas veces el problema.
2. No vivir a medias tintas
Una de las razones por las cuales podemos encontrarnos en desolación es la negligencia: andar a medias tintas, no decidirnos a entregarlo todo a Cristo.
Jesús lo dice con una exigencia muy clara: «Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo» (Lc 14,33).
El problema es que muchas veces queremos quedarnos con algo.
Hay una expresión dura, pero bastante real: prender una vela a Dios y otra al diablo. Quizá la vela de Dios sea grande, hermosa, y la otra pequeñita. Pero sigue siendo una vela.
Y precisamente eso es lo que hace sufrir a nuestra Madre.
Eso es lo que hay que arrancar, apagar, quitar.
Tenemos que ser del tercer binario: «Señora, si yo quiero estar contigo, no quiero ir regateándole al Señor. Quiero que su Pasión tenga fruto en mí. Esa afección desordenada que tengo, ayúdame a quitarla».
3. No es una caída: es el apego consentido
Pero aquí hay que hacer una aclaración importante.
Una afección desordenada que verdaderamente causa estragos no es una debilidad pasajera ni una falta aislada. No es que un día alzaste demasiado la voz, hiciste algo mal y luego te arrepentiste.
Todos estamos llenos de fallos.
Muchos fallos ocasionales son perfectamente compatibles con una buena voluntad auténtica. No impiden ser verdadero discípulo ni seguir avanzando.
Lo que hace daño es el apego permanente, la voluntad torcida, el vicio arraigado.
Porque tropezar alguna vez no impide caminar.
Pero desviarse del camino sí impide llegar a la meta.
Ésa es la afección que tenemos que buscar, encontrar y corregir si queremos seguir adelante; si queremos consolar a nuestra Madre.
Pidámosle entonces hoy a María Santísima la gracia de ver qué hay realmente en nuestro corazón. Qué afección desordenada consentida tenemos y no permite que caminemos derechos hacia la Cruz con Cristo.
Que nos ayude a ser valientes, a poner los medios que hagan falta y a apagar esa vela, por pequeña que sea, que todavía hemos dejado prendida al diablo.
Queremos ser totalmente de María.
Ave María Purísima.
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