(Homilía predicada en el asilo de las «Hermanitas de los Ancianos Desamparados» en Cajamarca. ¡Gracias por la caridad!)
…Yo también les hago una pregunta, como Jesús: ¿ustedes saben hacer pan? ¿Han preparado alguna vez una masa con harina y levadura?
La levadura es chiquitita, son apenas unos granitos. Pero esa levadura tan pequeña hace fermentar toda la masa, hace que levante, que leude, y entonces el pan sale rico. Si no, queda aplastado.
Algo parecido pasa con nuestra vida. Cuando no hacemos buenos actos, cuando nos molestamos, hacemos las cosas refunfuñando, nos quejamos o pensamos mal de los demás, no ponemos buena levadura en nuestra masa. Y nuestra vida queda chiquita, chata, aplastada; no es algo bonito para el Señor.
En cambio, cuando hacemos actos de caridad, cuando hacemos algo por amor a Dios, le ponemos levadura buena a la vida.
1. La levadura buena y la levadura mala
San Pablo habla hoy de la levadura vieja y nos dice que debemos ser una masa nueva, sin la levadura de la malicia y de la perversidad, sino con «los panes ázimos de la sinceridad y la verdad» (1 Cor 5,6-8).
Cuando ponemos levadura mala, vamos amargando nuestra vida y también la de los demás.
Y entonces pasa algo parecido a lo que vemos en el Evangelio: aparece una especie de parálisis del corazón. El hombre tenía la mano paralizada, y Jesús le dice: «Extiende tu mano» (Lc 6,10).
También nosotros podemos quedar así por dentro. El corazón ya no se mueve por nadie, no piensa en los demás, piensa solamente en uno mismo: yo, yo, yo. Y entonces nuestra mano queda como paralizada, incapaz de abrirse al otro.
2. «Extiende tu mano»
San Ambrosio, comentando este pasaje, dice que esta medicina es común para todos: «Extiende tu mano».
Extiéndela favoreciendo al prójimo, protegiendo a la viuda, defendiendo al oprimido, socorriendo al pobre que te pide.
Pero no pensemos solamente en las personas que vienen a tocar la puerta pidiendo comida. No pensemos solamente en los abuelitos que están acá.
Pensemos también entre ustedes mismas: entre las martitas, entre las hermanitas, entre los mismos señores y señoras. Ahí también tiene que haber caridad.
Hay que extender la mano hacia el que está al costado. Hay que poner buena levadura para que esa masa fermente y pueda elevarse hacia Dios.
3. Poner levadura en lo de cada día
También podemos ofrecer con paciencia nuestras limitaciones y dificultades: cuando sentimos la mano un poco entumecida, cuando cuesta caminar, cuando cuesta escuchar. Todo eso, llevado con paciencia y ofrecido a Dios, puede convertirse en algo bueno.
Pero sobre todo hay que poner levadura en las obras concretas de caridad de cada día.
Cocinar, limpiar, lavar, abrir la puerta, venir a la casa, atender a alguien, soportar con paciencia, ayudar al que está al lado. Si lo hacemos por amor a Dios, estamos poniendo levadura.
Y entonces nuestro día, nuestro espíritu, empieza a crecer. Si no, queda chato, aplastado.
¿Queremos que nuestro espíritu quede así? No. Queremos ofrecerle a Dios algo bonito, como Él merece.
Pidámosle hoy a María Santísima que nos ayude a poner actos concretos de caridad en nuestra vida, a hacer con amor a Dios las cosas que Él nos pide y a extender la mano al prójimo que está ahí, al costado nuestro.
Ave María Purísima.
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