Muy buenos días hermanas, es un gusto esta e en este asilo de ancianos en Cajamarca. Vengo de Arequipa y, gracias a Dios, estoy también a cargo de un hogar de caridad, solo que es para niños con discapacidad. Sabemos que estas obras de caridad son exigentes. A veces uno pierde un poco la paciencia: entre las hermanitas, con los trabajadores, con las personas que colaboran. Y hay algo que nos persigue todos los días: juzgar a los demás.
Que por qué la hermana hizo esto, que por qué la otra señora hizo aquello, que el trabajador siempre hace lo mismo… Y así, poco a poco, nos vamos amargando la vida.
Pero Jesucristo hoy nos dice algo hermoso: tenemos que ser odres nuevos (cf. Lc 5,36-39). Tenemos que tener un espíritu nuevo, un corazón nuevo, como pedimos en el salmo: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro; renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50[51],12). Porque solamente con un corazón renovado podemos dar a los demás el amor que Dios quiere que demos.
1. La vida espiritual
San Pablo dice en la primera lectura que debemos ser considerados servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1 Cor 4,1). Son palabras fuertes.
Y uno de los grandes misterios de Dios es el amor. Pero muchas veces el obstáculo más grande para ese amor somos nosotros mismos: nuestra impaciencia, nuestro mal carácter, esa costumbre de ir por la vida juzgando a los demás.
Hay tres cosas que deben estar bien ordenadas en nuestra vida religiosa, y también en la vida familiar:
- la oración y la vida espiritual;
- la vida comunitaria;
- el apostolado.
Primero, la vida espiritual.
Quien tiene una buena vida de oración, una intimidad verdadera con Dios, no solamente cuando toca la campana o cuando hay que ir a Misa, sino durante el día, hablando con Jesús y con María, recibe una fuerza especial. Dios va purificando el corazón.
Entonces uno tiene un poco más de paciencia, se esfuerza más, aprende a perdonar a los demás y también a perdonarse a sí mismo. Por eso es tan importante confesarse frecuentemente, recibir la Eucaristía con amor y cuidar esa intimidad con el Señor.
La buena vida espiritual es la base de todo.
2. La vida comunitaria
Si hay buena vida espiritual, podremos tener también una mejor vida comunitaria.
Si eres papá o mamá, tendrás más paciencia con tu familia, con tu cónyuge, con tus hijos. Si eres religiosa, tendrás más paciencia con las demás hermanas.
Y aprenderemos también a no hacer solamente lo que “nos toca”, sino lo que Dios nos está pidiendo.
Muchas veces estamos demasiado pendientes de lo que hacen los demás. Miramos, juzgamos, comparamos. Pero la caridad tiene que empezar justamente ahí, con las personas que Dios ha puesto a nuestro lado.
La caridad comienza por casa.
Ése es ya nuestro primer apostolado.
3. El apostolado
Y recién después viene el apostolado.
Si tenemos una buena vida de oración y una buena vida comunitaria, podremos hacer un buen apostolado. Si no, puede haber muchísimo trabajo, muchas actividades, muchas cosas hechas, pero algo fundamental va a faltar.
Santo Tomás enseña que lo principal de la Ley Nueva es la gracia del Espíritu Santo, que obra por la caridad (S. Th., I-II, q. 106, a. 1). Cristo quiso que sus discípulos fueran reconocidos precisamente por el amor: «En esto conocerán todos que son mis discípulos: si se aman unos a otros» (Jn 13,35).
Y San Juan de la Cruz lo dice de una manera sencilla y fuerte: «A la tarde te examinarán en el amor» (Dichos de luz y amor, 64).
Pidámosle entonces al Señor que nos dé un corazón como el suyo. Un corazón que se purifique en la oración, que aprenda a amar en la vida comunitaria y que después pueda entregarse verdaderamente en el apostolado.
Y pidámosle a la Virgen María que nos dé su corazón para saber amar: en la oración, en la comunidad y en el apostolado.
Ave María Purísima.
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