Las cosas de Dios florecen desde la soledad

El Evangelio nos muestra a Jesús saliendo de la sinagoga y entrando en casa de Simón. Allí cura a la suegra de Pedro, que estaba con fiebre muy alta. Después, al ponerse el sol, le llevan muchos enfermos, y Él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. También expulsaba demonios, que gritaban reconociéndolo como el Hijo de Dios. Pero luego, al hacerse de día, salió a un lugar solitario (Lc 4,38-44).

Aquí hay una enseñanza fundamental: las cosas de Dios florecen por Dios.

Y por eso tenemos que estar cerca de Él. Sea que uno sea padre o madre de familia, sea que tenga que estudiar, trabajar, sostener un apostolado o servir en una comunidad, hay algo que no se puede descuidar: las obras de Dios necesitan desierto.

Miren cómo Jesucristo, después de haber hecho mucho apostolado, y antes de seguir haciendo más, se retira. El Evangelio dice: «Al hacerse de día, salió a un lugar solitario» (Lc 4,42). Es decir, las cosas de Cristo florecen en el desierto. Y eso quiere decir que también nosotros necesitamos apartarnos de todo para estar a solas con Dios.

1. El desierto que necesitan las obras de Dios

Hace falta esa especie de agüita espiritual que necesitan las obras de Dios. Porque si no, empezamos a pensar que todo depende de nuestro esfuerzo, de nuestras capacidades, de nuestro empeño. Y terminamos creyendo que las cosas buenas salen porque nosotros somos buenos, o porque nosotros sí podemos.

Pero eso, según la primera lectura, es algo muy carnal. Es propio de quien todavía no madura espiritualmente, de quien todavía no ha chocado de verdad con esta realidad: somos limitados, somos miserables, y solamente Dios puede dar fruto.

Dice san Pablo: «Puesto que hay entre ustedes celos y discordias, ¿no es verdad que siguen siendo carnales y se comportan a lo humano?» (1 Cor 3,3). Y después añade: «Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Cor 3,7).

Ahí está de nuevo la clave. Ni el que planta ni el que riega son lo principal. Es Dios quien hace crecer.

2. Apartarse para volver a Dios el corazón

Santo Tomás, comentando este modo de obrar de Cristo, explica que incluso quienes viven para comunicar a otros el fruto de la contemplación necesitan apartarse algunas veces de la multitud. Y señala que el Señor lo hacía por varios motivos.

A veces, por el descanso corporal. Porque no somos puro espíritu; somos cuerpo y alma. Si Jesucristo mismo quiso retirarse, también nosotros necesitamos descansar.

Otras veces, por la oración, como cuando el Evangelio dice que salió al monte y pasó la noche orando a Dios (Lc 6,12).

Y otras veces, para enseñarnos a huir un poco del favor de los hombres. Porque a veces el agradecimiento, la estima o el reconocimiento de la gente pueden subirnos demasiado rápido. Y entonces hace bien retirarse un poco, bajar revoluciones, callarse, y volver a poner el corazón sólo en Dios.

Así Cristo dio ejemplo de retirarse para la oración, sin abandonar la predicación para la cual había sido enviado (S. Th. III, q. 40, a. 1).

3. La fecundidad viene de la unión con Cristo

Por eso, para todo apostolado que tengamos, necesitamos soledad. Necesitamos apartarnos. No para escaparnos de la misión, sino para volver a su fuente.

Dice el Concilio Vaticano II en Apostolicam actuositatem: «La fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital con Cristo» (n. 4). Y lo dice el mismo Señor: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5).

Eso vale para todos: para el que evangeliza, para el que estudia, para el que trabaja, para el que sirve en su casa, para el que forma a otros, para el que lleva adelante un grupo o una comunidad. Sin Cristo no damos fruto. Con activismo nomás, no alcanza.

Y por eso también san Vicente de Paúl decía que no hay cosa más conforme con el Evangelio que acumular, por una parte, luces y fuerzas para el alma en la oración, en la lectura y en la soledad, e inmediatamente después hacer participar a los hombres de ese alimento espiritual.

Pidamos a María Santísima que nos alcance ese deseo de soledad, de descanso, de recogimiento, de acopio de fuerzas en Dios, para luego predicar, servir y trabajar. Pero siempre sabiendo esto: que sea Cristo el que plante, que sea Cristo el que riegue, que sea Cristo el que haga crecer.

Ave María Purísima.


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